LOS MONASTERIOS

Los  monjes y  los monasterios adquieren un protagonismo importante en las repoblaciones altomedievales.  A  veces  los  mismos  reyes  ofrecen a determinados monjes y abades, las iglesias o monasterios ruinosos  o  abandonados  por la invasión musulmana,  para ayudar a la repoblación.
Los monasterios  de los siglos IX, X, y XI son herederos de los visigodos que vivieron gran parte  del  monacato  español  y  se  inicia en ese momento con las normativas dictadas por San Isidoro, San Agustín y San Fuctuoso, hasta que se impone la regla de San Benito.

A  pesar  de  las  leyes  aparentemente  duras,  estos  centros  eran lugares de acogida para familias enteras, huidos de la  justicia,  desertores  del  ejército,  en  busca  de  un  consuelo espiritual o de un sustento.
Los  lugares  para  el  establecimiento  de  un lugar de retiro, penitencia y oración suelen ser elegidos  cuidadosamente,  en  ocasiones  entre  montañas agrestes, muchas veces de difícil acceso, con ríos de agua limpia, bosques y prados para los ganados.

A veces un anacoreta, que vive en una cueva natural,  como  San Fructuoso,  San  Froilán, San Guillermo y otros muchos, atraen  a  una multitud  de  gentes,  célibes  y  casados, que terminan viviendo  en  comunidad y es lo que se llama monasterios dúplices o familiares. Las  llamadas  donaciones  personales  y  de bienes   tienen   motivaciones   espirituales  y caritativas   pera   buscar  el  perdón  de  los pecados  y  la  salvación  del  alma. Monjes, gasalianes y donantes se entregan con lo que tienen   a   Dios,   a  los  santos  titulares  del monasterio   y   al   abad   con    el   fin   de

San Guillermo de Peñacorada. Cistierna (León)

conseguir la salvación personal y ayudar a los hermanos y peregrinos.

Hay  que  añadir  a  los monjes que viven en un cenobio otros que están de paso, y que van de  un  lugar  a  otro,  como  caminantes,  mercaderes,  señores con sus ejércitos, comitivas reales,   romeros  buscando  venerar  reliquias,  simples  pobres  mendigos  que  sufrían  las hambrunas  motivadas  por  las  pestes  y  las   sequías   y   especialmente   los   numerosos peregrinos.